La voz a ti debida. Églogas I y III
Garcilaso de la Vega es poeta dulce y amargo.
Pinta con naturalidad paisajes de cuento, y cuenta el no olvido de la ausencia de una forma tan bonita, que duele. No he podido no pensar en ese "Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver" de Sabina. La soledad, más allá de un sentimiento, es una persona y un lugar. Me pasa con la huerta de la fotografía. Recuerdo de pequeña correr entre la hierba como si nunca se fuera a hacer de noche y hoy la veo tan vacía que ni la reconozco, ni me reconozco.
Garcilaso es nostalgia. Ha luchado con el tiempo en su contra y se ha hecho inmortal. Ni ha olvidado, ni lo hemos olvidado. Siempre encontraba un rato para escribir versos. Creo que es difícil contar la poesía sin él.
Trato de imaginarlo a la sombra de un árbol con la mirada perdida en la lejanía, y de vez en cuando, rítmicamente, escribiendo sus églogas. Su paisaje es distinto al del resto. Incluso es distinto cada vez que él mismo lo mira. Porque está vacío. Falta alguien, y por eso el verde de la pradera está más apagado, el cielo llora sin lluvia, el reflejo de un arroyo no le enseña lo que quiere ver. Pero escribiendo, al menos, se acerca a ello. Quizás así se siente menos solo.
La primera égloga acaba con un final casi feliz: espera buscar nuevos horizontes con su musa, no necesariamente lejos, mientras fuera con ella. Ya no hay hueco para él bajo la sombra del árbol en el que se encuentra, se siente tan ajeno que casi lo odia, de no ser por los recuerdos que se arremolinan en cada esquina que lo rodea. Se ha quedado a medias.
La tercera égloga cuenta historias para ser escuchado por quien necesita oírlas. Sabe que lo hará. Idealiza de nuevo el paisaje jamás soñado, lo viste de mitología y se vuelve más espectador que narrador.
Personalmente, quizás este domingo raro, me gusta más la égloga primera. De fondo, mientras escribo, suena un Enrique Urquijo triste. Garcilaso me ha hecho recordar, pero gracias a él me siento menos sola.

Comentarios
Publicar un comentario