No soy genealogista; pero si esos predicadores dicen la verdad, todos somos primos nacidos de primos hermanos. Pero reconoceréis que no se puede tratar a los parientes de forma más horrible. Cándido

 


La Ilustración siempre me ha parecido fascinante. Si se pudiera describir como un fenómeno físico, creo que sería un rayo de luz en las tinieblas. Podríamos intuir formas y ver un poco más allá de lo que está a un palmo de distancia de nosotros. Con tan sólo un poco de iluminación podríamos reconocernos, aunque puede que existan rasgos que no queramos ver... Si caminamos un poco, la luz sigue con nosotros, es más que probable que nos topemos con alguien o algo más, pero no podemos asegurarlo con toda confianza. De pronto, en un fondo oscuro, sabemos que estamos ahí. Surgen más preguntas. Sólo piensas en seguir caminando.

Hay un artista que descubrí por casualidad que afirma que ningún poeta es tan grande que no pueda agacharse para escribir en un cubo de basura. Por eso, en Madrid muchos cubos llevan su nombre, Neorrabioso, y sus versos. Una de sus frases que más me gustan es: "soy una persona con las dudas muy claras". La Ilustración en esencia. Quien diga lo contrario, ha elegido el bando de los déspotas. 




Voltaire es un autor que nunca imaginé que llegaría a leer. No puedo sino asegurar que me ha sorprendido. Jamás pensé que un ensayo filosófico pudiera tener un formato de aventura. Ese es el elemento principal que engancha al lector. Siendo sincera, he sentido envidia de Cándido. Ojalá poder viajar pronto...

En la obra se perfilan las grandes ideas de este movimiento cultural. Aparece la necesidad urgente de responder a preguntas metafísicas: más allá del quién soy yo, ¿es el mundo el mejor de los mundos posibles? ¿Hasta dónde puedo llegar a conocer? ¿Tengo conciencia de la realidad? ¿Qué es la verdad? Voltaire no ofrece una respuesta única: invita a la reflexión. Somos como Cándido, despertamos inocentemente en un mundo que apenas conocemos. Nos apoyamos en referentes, los suyos son Pangloss y Martín, que representan pensamientos completamente opuestos. El primero defiende que, efectivamente, hemos nacido en el mejor de los mundos posibles, representa el positivismo vital. Por el contrario, el segundo asegura que el ser humano sufre la monotonía o el aburrimiento y que, a lo largo de su vida, se puede encontrar con numerosos obstáculos. 

Cándido, a medida que avanza y viaja, va dibujando lo que va a ser su forma de ver la realidad. No le da la razón a ninguno de los dos: la vida son grises y períodos de felicidad. Entonces, ¿por qué estamos aquí? 

Quizás existan respuestas que necesitan preguntas, pero hay verdades que no llegaremos a vivir.

Sin embargo, hay que seguir adelante y encontrar el latido, como diría Elvira Sastre. Para ello, Voltaire habla sobre la necesidad de cultivar nuestro jardín: el trabajo digno es lo que nos hace personas auténticas. Es lo único que nos puede hacer sentir completos y libres, por ello es necesario el respeto y la tolerancia. No podemos pisar el jardín que han cultivado los demás.

Cándido es una obra breve que toca muchos palos. Dejando a un lado los aspectos filosóficos, Voltaire critica las circunstancias políticas, sociales e ideológicas del siglo XVII: desde la crueldad de la guerra, el destino injusto de la mujer, el racismo y el papel de la religión como represión, que corta las alas de la libertad. Pero una vez que uno ha conocido el cielo, nunca olvida que sabe volar. También habla de las utopías, del amor idealizado, de las falsas apariencias, de la carga pesada de la rutina y de las contradicciones, quebraderos de cabeza e injusticias que causan las diferencias de las clases sociales. Es todo un reclamo a la lucha por el conocimiento y la libertad, sólo veinte años antes de que estallara la Revolución Francesa. Voltaire nunca llegó a recoger los frutos que estaba sembrando.

Somos herederos de este filósofo, de los que le preceden y los que le sucedieron. Sin Voltaire y sus obras, el mundo que vivimos sería muy diferente. Cambia cada día, pero no somos conscientes de su velocidad y del impacto que podemos dejar en él. Nunca es demasiado tarde para detenernos y dejar de escuchar el ruido para cuestionarnos si realmente éste es el legado que queremos dejar. Y nunca hay que olvidar que para saberlo hay que conocer hasta nuestros límites lo que está al alcance de nuestra mano: y desafiando al oleaje sin timón ni timonel, por mis venas va, ligero de equipaje sobre un cascarón de nuez mi corazón de viaje...

Para no ser menos, los acordes que me han recordado a la obra son los de la canción contra la indecisión, de Silvio Rodríguez, concretamente los versos de la última estrofa.


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