Miré el termómetro y marcaba muchos grados bajo cero; como el crédito del Estado. La Nochebuena de 1836, En este país, ¿Entre qué gente estamos? y Yo quiero ser cómico.
Suelta la primera palabra y esconde la pluma tras la espalda. Escupe su silencio a la soledad. Camina altivo pisando sueños, presume de ser dueño de castillos de aire y sin embargo, no le quedan ganas ni para escribir un par de versos más. Se sabe perdido en una maraña de nombres que resoplan muy de seguido por un país que nunca fue unión. Por un país, como tantos otros, que cuenta medias verdades, que agacha la cabeza al mirar a Europa, que lamenta sus manos sucias. Que tapa la sangre con más sangre.
He encontrado un fuerte contraste entre los anteriores tres artículos y los últimos cuatro que he leído. Los primeros mostraban una irónica verdad, los siguientes la tratan de amarga y pesada. Habla sobre la cruda realidad que sólo se descubre en los momentos felices o desesperados: en Navidad, y en el alcohol. Qué dura la Nochebuena del 36, me sorprende que Larra llegara a publicar este artículo, casi se puede oler su tristeza y miedo entre sus páginas. Fue como un jarro de agua fría, la maldición del número 24, el olvido recordado a la mañana siguiente.
No se olvida de los nacionalismos, de quienes critican España, de los ojos de los extranjeros al pisar nuestro país ni de la poca formación de los cómicos. Observa una realidad que detesta, igual que la misma le detesta a él, o al menos, así es como Larra lo siente. Le repugna el hombre que critica España en todas sus dimensiones sin proponer ninguna solución, porque todo lo que afirma es justificable si se sostiene detrás de un "en este país...". No nos resulta un enunciado extraño, pues más de una vez lo hemos escuchado en el siglo XXI. En este país abundan las viejas glorias, los ricos, los pobres, el ruido y el silencio. Y tras encogernos de hombros, seguimos caminando con una revolución muda en la garganta.
Es más, los extranjeros también se percatan de nuestra situación. Recuerdo que hace unos tres años conocí a unas chicas austriacas que tenían un año menos que yo y, bendita genética, eran altísimas, me sacaban cada una dos cabezas... Fue durante un viaje escolar a Edimburgo y nos hospedábamos en la misma casa de acogida de estudiantes. Todas allí éramos muy tímidas, y hasta la última noche no nos atrevimos a entablar una conversación consistente, pues los anteriores días apenas comentábamos nada más allá de mencionar los lugares que habíamos visitado durante aquellas jornadas. Pues bien, lo primero que me preguntaron fue cuántos idiomas sabía hablar. A mí me extrañó esta pregunta, pues únicamente puedo defenderme, a parte de en mi lengua materna, en inglés, porque por lo demás sólo sé chapurrear francés. Ojalá decir que se trata de un caso aislado, mas esto les sucede a muchos jóvenes que reciben educación pública en España, que en cuestiones lingüísticas, sólo gira en torno al bilingüismo inglés, que además recorta en contenidos de materia. Volviendo al caso, ellas se sorprendieron ante mi respuesta, y comentaron que en su país los jóvenes estudiaban no sólo los anteriores idiomas (incluido el nuestro), sino también, a parte de su lengua natal (el alemán), italiano y latín. Una estaba aprendiendo por su cuenta, además, el japonés.
Larra, sin duda alguna, amaba España, pero a la vez, odiaba su impotencia al no poder cambiar su situación ni la mentalidad de sus gentes. Huía de las personas en artículos costumbristas. Se vengaba de la costumbre por no saber remediarla. Esto es lo que, para mí, lo diferenció de escritores posteriores que seguían la corriente realista y naturalista en la literatura. Larra era subjetivo, en cada artículo dio valores connotativos a los hechos como un juez incompleto, nunca hizo ninguna introspección. Sin embargo, la nueva generación se limitará a retratar la realidad tal y como es, con sus colores y sus grises, después, será el lector el que saque su propia conclusión con la verdad entre sus manos.
Este romántico era un hombre joven con alma cansada. Perdimos a un gran escritor demasiado pronto.
Más de una vez me he levantado a leer algún que otro fragmento de los artículos a mi madre. Ella suspiraba triste de vez en cuando, también se reía en los momentos cómicos. Llegó a pedirme que dejara de leer porque le gustaría retomarlos más adelante. A mí también me gustaría leer los demás que se han publicado, debería ahorrar para adquirir toda la biblioteca que quisiera coleccionar... Al final me voy a parecer al conde Anselmo en La familia del anticuario, pero a mucha honra.
Si para los tres anteriores artículos elegí a Javier Krahe, ahora sólo puedo escoger a su fiel compañero. El ritmo y la letra de Quien más, quien menos de Sabina me recuerdan a la esencia de estos últimos cuatro.

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