Que cada uno aguante su vela. La familia del anticuario
La familia del anticuario es una guerra abierta y campal entre dos fuerzas superiores omnipresentes en cada familia: la suegra y la nuera (la tercera fuerza, el cuñado, no se da en esta historia porque Giacinto es hijo único, y si hubiera estado esta figura, la obra podría haber tenido una secuela: "El cuñado contrataca...") y un refranero que bien podría resumirse en: "que no te den gato por liebre" o "no es oro todo lo que reduce".
Es una obra desternillante en la que las páginas pasan volando. La terminé el mismo día que recibí el libro. Los diálogos son muy ágiles y hay una risa permanente a lo largo de toda la historia, llegando incluso a compadecer a sus protagonistas: Anselmo, el padre de familia que no ostenta ningún tipo de autoridad más allá de la de extender su mano para pagar a quién le ofrece una antigüedad (que siempre resulta ser una estafa); la picardía de Brighella, quien engaña a su dueño con tal de enriquecerse; la rivalidad de Isabella (esposa de Anselmo y madre de Giacinto) y Doralice (esposa de Giacinto); la desesperación de Pantalone, un rico comerciante que quiere el bienestar de su hija, Doralice, por encima de todo; la ingenuidad de Giacinto; la picardía de Colombina y la astucia del caballero del Bosco y el doctor Anselmi.
Sin embargo, si nos adentramos más en la obra, entre líneas se puede entrever una crítica satírica de la nobleza en favor de la burguesía. Suegra y nuera, que de por sí son dos fuerzas antagónicas de la naturaleza, representan la nobleza y la burguesía respectivamente. Dejando a un lado la visión varonil del siglo XVIII sobre las mujeres y su intento de retratarlas como seres caprichosos e insulsos, podemos obsevar como Goldoni ha reflejado los pensamientos y prejuicios de ambas clases sociales. Por una parte, la condesa recalca que su nuera es indigna de su hijo porque nació sin ostentar ningún título y, por ello, desprestigia a su familia; mientras que Doralice defiende a uñas y dientes la gran cantidad económica que supuso su dote (que provenía de las ganancias de su padre como comerciante) porque consiguió sacar a flote durante un tiempo a la familia de su marido, que estaba acorralada por sus acreedores y por los gastos innecesarios de Anselmo. Podemos percibir, por tanto, las convicciones contrapuestas del desprestigio del trabajo frente a las ideas liberales burguesas.
La balanza se inclina en favor de los comerciantes cuando Anselmo no es capaz de valerse por sí mismo porque no sabe cómo invertir su dinero sabiamente ni controlar el desorden que se está produciendo dentro de su propia casa. Por ello, Pantalone se ve en la obligación de tomar las riendas de la familia de los nobles, gestionar su hacienda y el mantener orden entre los miembros que conviven en la casa.
La obra, enmarcada dentro de la Ilustración, fue representada en 1750 por primera vez, casi cuarenta años antes de que estallara la Revolución Francesa. No es un ensayo ni un cuento filosófico, como el de Voltaire, pero sin duda es un claro ejemplo de cómo se comportaba la sociedad a mediados del siglo XVIII.
La canción que me recuerda a La familia del anticuario es La mala reputación de Paco Ibáñez. Este cantautor denuncia una circunstancia distinta, una revolución más reciente, pero no debemos olvidar que la burguesía también fue una revolución.

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