Si estoy cerca de ella, la amo; si estoy lejos, la odio. Pepita Jiménez
Ven siempre, ven
No te acerques. Tu frente, tu ardiente frente, tu encendida frente,
las huellas de unos besos,
ese resplandor que aún de día se siente si te acercas,
ese resplandor contagioso que me queda en las manos,
ese río luminoso en que hundo mis brazos,
en el que casi no me atrevo a beber, por temor después a ya una dura vida de lucero.
No quiero que vivas en mí como vive la luz,
con ese ya aislamiento de estrella que se une con su luz,
a quien el amor se niega a través del espacio
duro y azul que separa y nos une,
donde cada lucero inaccesible
es una soledad que, gemebunda, envía su tristeza.
La soledad destella, en el mundo sin amor.
La vida es una vívida corteza,
una rugosa piel inmóvil
donde el hombre no puede encontrar su descanso,
por más que aplique su sueño contra un astro apagado.
Pero tú no te acerques. Tu frente destellante, carbón encendido que me arrebata a la propia conciencia,
duelo fulgúreo en que de pronto siento la tentación de morir,
de quemarme los labios con tu roce indeleble,
de sentir mi carne deshacerse contra tu diamante abrasador.
No te acerques, porque tu beso se prolonga como el choque imposible de las estrellas,
como el espacio que súbitamente se incendia,
éter propagador donde la destrucción de los mundos
es un único corazón que totalmente se abrasa.
Ven, ven, ven como el carbón extinto oscuro que encierra una muerte,
ven como la noche ciega que me acerca su rostro;
ven como los dos labios marcados por el rojo,
por esa línea larga que funde los metales.
Ven, ven, amor mío, ven, hermética frente, redondez casi rodante
que luces como una órbita que va a morir en mis brazos;
ven como dos ojos o dos profundas soledades,
dos impresiones llamadas de una hondura que no conozco.
¡Ven, ven muerte, amor; ven pronto, te destruyo;
ven, que quiero matar o amar o morir o darte todo;
ven, que ruedas como liviana piedra,
confundida como una luna que me pide mis rayos!
Vicente Aleixandre
Pepita Jiménez son los latidos salvajes de unos ojos que se encuentran, la duda hecha respuesta, la ironía disfrazada de ignorancia. El cambio de rumbo que mata los pasos sin sentido, el peso del corazón en las decisiones salvavidas. Es un tira y afloja que se dobla por la mitad, una huella que se pisa por temor a la huida. Una pasión desenfrenada que necesita una mano que no se esconda. Una sonrisa inocente y un mensaje subliminal. Una introducción que ya se conocía, un pretexto que ya amaba una utopía que no se había escrito. Una Pepita y un Don Luis, una locura que será un recuerdo, tan celestial como un choque de estrellas en cada beso, tan terrenal que mueve montañas de aire. Es un amor joven, ideal, imposible hasta que atreve a amar.
Precisamente por ser tan ideal, tan inalcanzable, pensé que jamás sería real. Pocas veces los primeros amores triunfan, y me sorprendió encontrar un final feliz, pues me hizo desconfiar hasta la última página. Quizás me he vuelto una escéptica, desde hace tiempo se me atragantan las historias de enamorados que buscan verdades a medias. Demasiadas canciones tristes han resonado hasta que arqueé una ceja pretendiendo sonar ambigua al hablar del amor, aún me duelen mis poemas que se vengan de las expectativas.
Lo que más me ha gustado de Pepita Jiménez es la lectura metafísica que se puede leer entre líneas. El amor es otra forma de infinitud, más allá del amor romántico o de pareja. Es una forma de no sentirse solo porque está en todas las cosas. Le da sentido a lo que no lo tiene, aunque uno se fuerce en olvidarlo. Es como las casualidades, o el destino, o el sobrenombre que se le otorgue con tal de sonar bohemio o diferente. Como cuando cruzas muchas veces de seguido un semáforo en verde cuando llevas prisa, como cuando disfrutas de la tranquilidad de la lluvia, o la de mirar las montañas y sentirte pequeño porque la grandiosidad perdurará cuando ya no estés. Hay amor en las miradas de los que se quieren, en las madres y sus hijos, en las manos entrelazadas de los abuelos, en el perro que espera a que vuelvas porque eres su hogar, en saber que es hogar porque él te espera; en las flores que decoran los cementerios, en el gracias de un desconocido, en las risas que resuenan en los parques, en los pasos acelerados de los reencuentros. El amor no morirá jamás.
Si Pepita Jiménez fuera una canción, sin duda sería Como hablar de Amaral. Un encuentro irremediablemente necesario, como el de Pepita y Luis.

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