Fue su manera de decirme que no podía decirme adiós. Leviatán, Paul Auster


 

Leviatán es un monstruo de sombra alargada que se mueve silencioso, sin prisa, con hambre. Melancólico por lo que no ha vivido. Se refugia en los bosques, en los mares, en los bares de madrugada, en canciones antiguas. Respira con una paz tan violenta que hace llorar a los más atrevidos. Se mueve con una dulzura tan humana que despierta pesares y esperanzas. Tiene la misma voz que ayer, que mañana, que hace siglos, y esconde un reguero de vidas más allá del olor a sangre. 

El Leviatán de Hobbes ponía rostro al monstruo y lo llamaba humanidad. Le insultaba con la parsimonia de los que sienten las palabras como un eco que susurra. No le hacía falta levantar la voz, aseguraba que aunque libre, siempre sería esclavo de un lobo feroz que hacía del cuento una leyenda de terror que se repetía eternamente. Lo que no se atrevía a decir este monstruo, es que se echaba a temblar cuando el castillo de naipes era derrumbado por la presión del tiempo y por los discursos que sabían provocar el viento. Que vivía agachado, desconfiando de todos, especialmente de sí mismo, por eso siempre tenía miedo. Por eso preferiría renunciar a la libertad en pos de una seguridad utópica, confundiendo vivir con estar vivo. 

Lo que sucede es que el monstruo de Auster era consciente de su sombra, de su miedo, y no dándole la espalda, se sentía seguro de su propia libertad. Aunque ésta pudiera matarle si no tenía cuidado cuando subía demasiado rápido a la estatua, pues las alturas dan más vértigo que las certezas. Solo los niños suben corriendo a la cumbre y se ríen a carcajadas con el viento, porque no son conscientes del riesgo y no tienen prisa. 

Quizás ha sido la novela que más me ha removido en mucho tiempo. La he digerido poco a poco, página a página, párrafo a párrafo, línea a línea, y me sorprendo a mí misma afirmando que no sé de qué trata exactamente. Podría decir que habla sobre el relato de la vida de un amigo que se enreda cada vez más, que el protagonista lo estima tanto que le pone el mismo nombre a su libro que Sachs a su modo de vida. Lo que sucede es que Peter Aaron es escritor, camina como Auster, y su segundo nombre es Benjamin. Ha sufrido como Paul un amor que latía como una bomba, y estalló. Se volvió a enamorar. Tuvo dos hijos. Juega con la erótica del misterio, de lo real y lo ficticio. Y siempre bajo la sombra alargada de la Estatua esclava de la Libertad. 

Sin embargo, creo que eso es lo menos importante de toda esta historia. Es más que una novela pseudopoliciaca experimental. Al fin y al cabo, la libertad le estalla en las manos, un tic tac involuntario que latía muy despacio. Quizás tenga un mensaje de doble sentido con reflejos de política, de la naturaleza humana. Pero no salgo triste ni ilesa de sus páginas. El Fantasma de la Libertad no es un único individuo, está por todas partes, en miles de nombres anónimos que lanzan mensajes claros y directos. Siempre sin ánimo de lucro, quizás buscando una esencia utópica que invita a levantarse cada día por la mañana. Como Banksy con sus obras, puro símbolo de lo que todos sabemos y nadie habla. 

Esta novela la volveré a leer en el futuro, aunque desconozco cuándo. Será probablemente el día en que me encuentre en tal incertidumbre que iré en busca de una señal, de una metáfora o de un azar provocado. Y Benjamin me mirará desde la estantería, con una sonrisa irónica advirtiéndome de que no encontraré nunca el sentido verdadero de sus palabras, porque tal sentido no existe. Y a mí no me importará. 

La canción que resonó desde la primera vez que vi la portada de Leviatán fue Peces de ciudad


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