Yo cuento, luego tú existes. El cuento de la criada, Margaret Atwood


 

Lamento que en esta historia haya tanto dolor. Y lamento que sea en fragmentos, como alguien sorprendido entre dos fuegos o descuartizado por fuerza. Pero no puedo hacer nada para cambiarlo.

También he intentado mostrar algunas de las cosas buenas, como las flores, porque ¿adónde hubiéramos llegado sin ellas?

Me hace daño contarlo una y otra vez. Con una fue suficiente: ¿acaso no lo fue para mí en su momento? Por eso sigo con esta triste, ávida, sórdida, coja y mutilada historia, porque después quiero que la oigáis, como me gustaría oír la tuya si alguna vez se presenta la oportunidad, si te encuentro o te escapas, en el futuro, o en el Cielo, en la cárcel o en la clandestinidad, en cualquier otro sitio. Lo que tienen en común es que no están aquí. Al contarte algo, lo que sea, al menos estoy creyendo en ti, creyendo que estás allí, creyendo en tu existencia. Porque al contarte esta historia logro que exista. Yo cuento, luego tú existes.


Yo cuento, luego tú existes.

El cuento de la criada es vital para comprender lo frágiles que son los derechos de las mujeres. Ante cualquier crisis política, la mujer ha sido y es víctima del robo sistemático de los frutos de una lucha tan antigua como silenciada. Una y otra vez. Nada es perecedero, y el verdugo se regodea en la victoria por pertenecer a todos los bandos. Sucede siempre con cada señalamiento, con cada minoría que se resiste a la realidad impuesta, con cada grito mudo y mirada inerte. Porque los libros de historia están llenos de sangre y están escritos por las mismas personas.

El cuento de la criada es un relato crudo, ficticio hasta cierto punto. Margaret Atwood dejó constancia de que la novela fue escrita entre los muros del Berlín Occidental de 1984, y pese a ser ficción, resulta muy verosímil. Esto sucede porque no hay ningún rasgo inventado: la autora ha combinado sucesos y elementos de represión que se han dado ya alguna vez en la historia de la humanidad. Hay una pregunta que no pude evitar formularme al leer el libro: ¿podría volver a suceder?

Este verano encontré la respuesta.


Recuerdo mis lágrimas amargas al ver la adaptación de la novela, así como al ver la desesperación en los rostros de quienes trataban de huir en el aeropuerto de Kabul. La primera imagen no era real, pero la segunda, sí. Representaban lo mismo. 

Con impotencia pensaba en mi reflejo en el espejo, en mis uñas de colores, en mi estantería, en mi canción favorita, en mi ordenador, en mis estudios. En mi futuro. En mi vida. Y cómo puede desaparecer de un solo plumazo. Con rabia me di cuenta de que no podía hacer nada por evitarlo, tampoco sé cómo puedo ayudar a las miles de mujeres afganas que lo han perdido todo, más allá de tratar de compartir información. Porque aquí donde estoy, con mis dudas, inseguridades y miedos, me siento afortunada de haber nacido en mi país en este momento, pero también egoísta por ser dueña de una suerte que no se elige. 

Pienso en los testimonios de quienes han logrado escapar y piden ayuda por su familia y tiemblo de rabia. Entonces entiendo la realidad escondida en el: yo cuento, tú existes. Te aferras a la esperanza de salir, de ser oído, y es así cuando eres consciente de que al relatarlo tiene un sentido. Mis vivencias pueden colmar una soledad y arropar a alguien a quien no conozco. Pueden provocar terremotos, incendiarlo todo. Pero no habrá silencio.

Te cuento esto porque es real, y confío en tu existencia en la medida en la que creo a un lector. Soy una emisora anónima cuyo final es inescrutable. Pero tú me estás escuchando, me estás leyendo desde cualquier parte del mundo, y dejando mi pequeña huella, mi historia se hará un hueco entre la inmortalidad. Y será entonces cuando deje de ser mía. No importará quién la ha escrito, solo el hecho de que tú la vas a leer. Y por eso sigo escribiendo. ¿Quién crea la historia, el escritor o el lector?

Al leer esta novela no pude evitar acordarme de Heaven is a Place on Earth, de la maravillosa banda sonora de la serie.

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